Fedón, Sócrates y la inmortalidad del alma

Este libro, el Fedón, escrito por Platón y protagonizado por Sócrates, es como una adelantada y apretada síntesis de lo que ahora  conocemos de siglos de “cultura occidental”. Teología, filosofía, geocentrismo, antropocentrismo, mitología, fantasía... Si alguien de nuestro tiempo estudiara ochenta años en las universidades del mundo, las más diversas disciplinas de la cultura, incluidas las grandes religiones, y al final leyera el Fedón, diría: “Esto ya lo había mencionado Sócrates”.

Sócrates
 El tema central y concreto del libro es en derredor del alma, pero hay tantas hipótesis y tesis que el lector se queda anonadado. El mismo Sócrates dice  casi al final: “Sostener todas estas cosas como yo las he descrito, ningún hombre de buen sentido puede hacerlo”.

Y respecto de la inmortalidad del alma, que Sócrates  tanto defiende, algunos filósofos  de calibre  pesado de esos días sostenían que el alma es tan duradera que bien alcanzaba para varias vidas humanas,  pero que acabaría desgastándose  hasta finalmente  perecer. Sócrates argumenta que no perece. ¿Cómo puedes estar tan seguro que no perece? Le cuestionaban.

En la actualidad podemos deducir, a priori, si tenemos conocimientos  de la composición del aceite y del agua, que estos no se mezclarán. Lo diríamos aun sin  haberlo comprobado prácticamente.

 Un a priori semejante hace Sócrates con la inmortalidad del alma: Porque el alma se identifica con el  bien y el bien es inmortal.  Para hacer el bien se necesita desprenderse del yo.  Y cuando los ya convencidos filósofos, no obstante sigue dudando que el alma sea inmortal, Sócrates dice: “La cosa bien merece correr el riesgo de creer en ella”. Hay una expresión de Sócrates que explica mucho de la materia de este libro, en la línea de demostrar la inmortalidad del alma: “Nosotros sabemos antes de nacer.” ¿Cómo es posible eso?, pregunta Fedón. Por el alma, que es inmortal.

Ya para esta época los filosofos perseguían el pensamiemto lógico  pero todavía podían hablar libremente  de teología antes que llegara el laicismo cultural.

La lectura del Fedón lleva a preguntarse si el socratismo es un pre cristianismo o el cristianismo es un pos socratismo, en el sentido de las ideas y los principios morales. Siglos  más tarde será la misma pregunta con Plotino, el último de los filósofos paganos. Suele creerse que Plotino alimentó sus ideas del cristianismo cuando lo que hizo fue sólo prolongar, en el tiempo, los principios  del socratismo.

Es sumamente posible pensar que  Sócrates y Jesús son vidas paralelas. En sus ideas y en lo factico de sus últimos días. En el libro el Critón quedó bien establecido que sus amigos, filósofos, le urgen a Sócrates para que huya y no apure la cicuta. Como Pedro hará con Jesús para que no vaya a Getsemaní. Jesús muere el viernes, mediante la herida en el costado, porque al día siguiente será sábado, día de guardar de los judíos. El día destinado para que Sócrates muriera se alteró por la costumbre, ritual,   de los griegos, de un barco que debía salir de Atenas, hacia Delfos, y regresar a Atenas. Entre tanto nadie era ejecutado.

Socrates les reprocha a sus amigos filósofos que lo acompañan las últimas horas en su celda por querer que huya. Se resuelve así lo inmediato pero,¿y los valores, los principios, que será de ellos, quién los hará valederos? Juseús le dice a Pedro: Pedro, estas pensando como hombre, no como Dios.

En el terreno de la fantasía Sócrates habla con tanta convicción de “la otra tierra” gemela a esta donde habitamos,  que Ernest Hemingway debió inspirarse en eso  para decir que el que escribe una novela debe contar las cosas no como si las imaginara sino como si las estuviera reportando, presenciando, con realismo y convicción. Como si fuera un periodista, no un novelista.Julio Verne, Wells, Salgari, y demás novelistas "fantasticos", debieron haber fortalecido su fantasia al leer en Sócrates cuando éste  se refiere a "la otra tierra".

A Sócrates se le acusó de varias cuestiones, hasta de sofista, aun cuando había disputado fuertemente con los sofistas. Por lo tanto bien puede cargar con otra etiqueta, la de estoico (aunque también rechazaba a los estoicos). Dice: “ si alguien ha vivido conforme a la templanza, la justicia, la fortaleza, la libertad, la verdad, semejante hombre debe esperar tranquilamente la hora de su partida para el Hades”.

Sócrates lo hizo así. En las últimas horas de su vida la pasó discurriendo tranquilamente con un grupo de filósofos en su celda esperando que le llevaran la cicuta. Se despidió de sus amigos con estas palabras: “La suerte me llama hoy y es tiempo de que me vaya  al baño, porque me parece que es mejor no beber el veneno  hasta después de haberme bañado, y ahorraré así a las mujeres el trabajo de lavar mi cadáver”.

 Sus últimas palabras fueron para recordarle  a Critón: “debemos un gallo a Asclepio, no olvides de pagar esta deuda”.   Se trataba de un sacrificio, en acción de gracias, al dios de la medicina  que le libraba, por la muerte, de todos los males de esta vida.

Sócrates estaba en contra del suicidio pero, por otra parte, anhelaba morir porque estaba seguro que a donde iba encontraría otros filósofos con quienes conversar libremente, ya sin las molestias de atender a los requerimientos de  este cuerpo mortal. Y con esto estaba reafirmando su idea de la inmortalidad del alma.
Jesús sólo dice: voy con mi padre.

Hubo un tiempo, ya muy cercano a nuestro tiempo, en que los filósofos andaban como descuidados de su apariencia personal, hasta comían frugalmente y rehuían el trato farragozo de la gente.  Era un intento de librarse  de "los requerimientos de este cuerpo mortal", al que se refería Sócrates, como condición para dedicarse completamente a la tarea de filosofar.No hay que olvidar que en los primeros tiempos, de nuestra era, los ascetas cristianos se retiraba al desierto dedicados por completo a meditar en los principios de la religión. Y para mejor lograrlo comían de la manera más frugal posible, estaban flacos y vestían con harapos...
Era una manera de pensar menos en lo inmediato y más en lo imperecedero.

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Justificación de la página

La idea es escribir.

El individuo, el grupo y el alpinismo de un lugar no pueden trascender si no se escribe. El que escribe está rescatando las experiencias de la generación anterior a la suya y está rescatando a su propia generación. Si los aciertos y los errores se aprovechan con inteligencia se estará preparando el terreno para una generación mejor. Y sabido es que se aprende más de los errores que de los aciertos.

Personalmente conocí a excelentes escaladores que no escribieron una palabra, no trazaron un dibujo ni tampoco dejaron una fotografía de sus ascensiones. Con el resultado que los escaladores del presente no pudieron beneficiarse de su experiencia técnica ni filosófica. ¿Cómo hicieron para superar tal obstáculo de la montaña, o cómo fue qué cometieron tal error, o qué pensaban de la vida desde la perspectiva alpina? Nadie lo supo.

En los años sesentas apareció el libro Guía del escalador mexicano, de Tomás Velásquez. Nos pareció a los escaladores de entonces que se trataba del trabajo más limitado y lleno de faltas que pudiera imaginarse. Sucedió lo mismo con 28 Bajo Cero, de Luis Costa. Hasta que alguien de nosotros dijo: “Sólo hay una manera de demostrar su contenido erróneo y limitado: haciendo un libro mejor”.

Y cuando posteriormente fueron apareciendo nuestras publicaciones entendimos que Guía y 28 son libros valiosos que nos enseñaron cómo hacer una obra alpina diferente a la composición lírica. De alguna manera los de mi generación acabamos considerando a Velásquez y a Costa como alpinistas que nos trazaron el camino y nos alejaron de la interpretación patológica llena de subjetivismos.

Subí al Valle de Las Ventanas al finalizar el verano del 2008. Invitado, para hablar de escaladas, por Alfredo Revilla y Jaime Guerrero, integrantes del Comité Administrativo del albergue alpino Miguel Hidalgo. Se desarrollaba el “Ciclo de Conferencias de Escalada 2008”.

Para mi sorpresa se habían reunido escaladores de generaciones anteriores y posteriores a la mía. Tan feliz circunstancia me dio la pauta para alejarme de los relatos de montaña, con frecuencia llenos de egomanía. ¿Habían subido los escaladores, algunos procedentes de lejanas tierras, hasta aquel refugio en lo alto de la Sierra de Pachuca sólo para oír hablar de escalada a otro escalador?

Ocupé no más de quince minutos hablando de algunas escaladas. De inmediato pasé a hacer reflexiones, dirigidas a mí mismo, tales como: “¿Por qué los escaladores de más de cincuenta años de edad ya no van a las montañas?”,etc. Automáticamente, los ahí presentes, hicieron suya la conferencia y cinco horas después seguíamos intercambiando puntos de vista. Abandonar el monólogo y pasar a la discusión dialéctica siempre da resultados positivos para todos. Afuera la helada tormenta golpeaba los grandes ventanales del albergue pero en el interior debatíamos fraternal y apasionadamente.

Tuve la fortuna de encontrar a escaladores que varias décadas atrás habían sido mis maestros en la montaña, como el caso de Raúl Pérez, de Pachuca. Saludé a mi gran amigo Raúl Revilla. Encontré al veterano y gran montañista Eder Monroy. Durante cuarenta años escuché hablar de él como uno de los pioneros del montañismo hidalguense sin haber tenido la oportunidad de conocerlo. Tuve la fortuna de conocer también a Efrén Bonilla y a Alfredo Velázquez, a la sazón, éste último, presidente de la Federación Mexicana de Deportes de Montaña y Escalada, A. C. (FMDME). Ambos pertenecientes a generaciones de más acá, con proyectos para realizare en las lejanas montañas del extranjero como sólo los jóvenes lo pueden soñar y realizar. También conocí a Carlos Velázquez, hermano de Tomás Velázquez (fallecido unos 15 años atrás).

Después los perdí de vista a todos y no sé hasta donde han caminado con el propósito de escribir. Por mi parte ofrezco en esta página los trabajos que aun conservo. Mucho me hubiera gustado incluir aquí el libro Los mexicanos en la ruta de los polacos, que relata la expedición nuestra al filo noreste del Aconcagua en 1974. Se trata de la suma de tantas faltas, no técnicas, pero sí de conducta, que estoy seguro sería de mucha utilidad para los que en el futuro sean responsables de una expedición al extranjero. Pero mi último ejemplar lo presté a Mario Campos Borges y no me lo ha regresado.

Por fortuna al filo de la medianoche llegamos a dos conclusiones: (1) los montañistas dejan de ir a la montaña porque no hay retroalimentación mediante la práctica de leer y de escribir de alpinismo. De alpinismo de todo el mundo. (2) nos gusta escribir lo exitoso y callamos deliberadamente los errores. Con el tiempo todo mundo se aburre de leer relatos maquillados. Con el nefasto resultado que los libros no se venden y las editoriales deciden ya no publicar de alpinismo…

Al final me pareció que el resultado de la jornada había alcanzado el entusiasta compromiso de escribir, escribir y más escribir.

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